Foto de Hugo Jaimezurek

La soledad más acompañada de la historia

Una de cada seis personas en el mundo se siente sola. No en un pueblo apartado ni en un asilo: en ciudades hiperconectadas, en salones llenos, en casas donde todos duermen bajo el mismo techo. La Organización Mundial de la Salud estimó en 2025 que esa desconexión está asociada a casi 900.000 muertes al año. Yo creo que el factor principal es otro. Ahora bien, son los adolescentes quienes encabezan la lista de los más afectados por la falta de conexiones reales.

Incomoda leerlo desde una comunidad como la nuestra, donde hay grupos de WhatsApp para cada curso, chats de padres, comités, torneos y celebraciones.

Tenemos contactos de sobra. La pregunta que surge es: ¿cuántos de esos contactos sabrían si hoy la estamos pasando mal?

Solemos entender la red de apoyo como un servicio de emergencia. Algo que se activa cuando alguien enferma, cuando un matrimonio se rompe, cuando un hijo se apaga.

Llamamos, pedimos, agradecemos y volvemos a la rutina. Son transacciones más que relaciones. El defecto de ese modelo es evidente: nadie deposita nada y todos esperan retirar. Una comunidad que solo funciona en la urgencia no es una comunidad; es un seguro mal pagado.

Los estudios de seguimiento más largos que existen sobre la vida adulta más de ocho décadas rastreando a las mismas familias, llegan a una conclusión que ningún colegio califica: lo que mejor predice la salud y el bienestar de una persona a los sesenta años no es su ingreso, ni su título, ni su coeficiente intelectual, sino la calidad de sus vínculos. Y no hago referencia a la cantidad, sino a la calidad.

Y ahí es donde está lo incómodo: esa calidad no se recibe, se produce. Es la familia que llama al que dejó de aparecer. El padre que le escribe a otro padre que está atravesando una un momento difícil, aunque no sean cercanos. La mamá que invita al niño que siempre queda por fuera de los planes. Nada de eso se publica, se comparte, ni es viral, pero es exactamente lo que nuestros hijos están observando.

No existe, hoy en día, una asignatura llamada “construcción de comunidad”, ni va a existir como tal. Sencillamente porque no se aprende en una clase de valores. Se aprende viendo a quién saludamos en lugares aleatorios, a quién le cedemos el paso, de quién hablamos mal en la mesa. Nuestros hijos deducen si el otro es un recurso o un competidor. Si pedir ayuda es humano o vergonzoso. Si al que se equivocó se le acompaña o se le comenta.

Hemos hecho un esfuerzo enorme por formar hijos autosuficientes. Los queremos independientes, resilientes, capaces de resolver solos. Tal vez los educamos cómo nos educaron, desconociendo que los desafíos de hoy en día, como humanidad, son otros. Es una virtud a medias. La autosuficiencia funciona bien hasta el día en que la vida cobra, y ese día llega para todos.

Una comunidad no se mide por cuántas personas te ayudarían si algo te pasara. Esa es la definición egoísta que muchas veces esperamos. La realidad es que se mide por cuántas ayudarías tú sin que te lo pidieran.

Así que la pregunta no es quién es mi red de apoyo. Esa la respondemos rápido y con nombres conocidos. La difícil es la otra, la que casi nunca nos hacemos: ¿de quién soy yo red de apoyo hoy, y… será que esa persona lo sabe?

Hugo Jaimezurek
Papá 6°
The Columbus School - Revista Nuestra ASOPAF / Edición 30