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Experiencias positivas en la infancia: el impacto de la comunidad en los niños y niñas

El desarrollo infantil ha sido ampliamente estudiado, la historia del desarrollo infantil moderno inicia con Sigmund Freud, Jean Piaget y María Montessori entre otros. Ellos fueron quienes describieron las etapas del desarrollo del niño y según su modelo analítico plantearon etapas, tareas o momentos particulares para cada edad, muchos de sus planteamientos siguen hoy vigentes.

Posteriormente la sistematización de las observaciones de la infancia y las trayectorias hacia la adolescencia y hacia la adultez han generado más datos e información.

De los primeros grupos robustos de observaciones sobre el impacto de experiencias infantiles y las consecuencias en la vida adulta son las que se conocen como experiencias adversas en la infancia. Estas son un grupo de vivencias o experiencias vitales que generan impactos negativos en la salud física y mental a lo largo de toda la vida.

Actualmente múltiples estudios observacionales, retrospectivos (de adultos interrogados sobre su infancia), y prospectivos (haciendo seguimiento de niños hacia la vida adulta) han reconocido el impacto de las experiencias adversas en la infancia. Entre estas las más reconocidas están: el niño o niña que ha tenido cuidados negligentes, haber sido víctima de maltrato físico, migración, pobreza, enfermedad grave de un cuidador o discriminación.

Diferentes fuentes de datos han mostrado como estas situaciones vividas en la infancia se asocian con producción excesiva de algunas hormonas (cortisol) generando un estado patológico conocido como “toxic-stress”; este estado de funcionamiento cerebral tiene impacto directo en funciones de aprendizaje, memoria, atención y hacia la vida adulta aumento de riesgo de condiciones de salud mental como ansiedad, depresión, adicciones y enfermedades como hipertensión obesidad y migraña entre otras.

Igualmente, en la última década se han descrito las experiencias positivas de la infancia y sobre estas nace la idea de la importancia de la comunidad en el desarrollo infantil.

Los estudios que marcan el punto de partida sobre las experiencias positivas en la infancia se encuadran en la explicación biológica que existen diversos neurotransmisores (oxitocina, serotonina) que en circunstancias puntuales se asocian a estados de bienestar, con consecuentes cambios estructurales y funcionales del cerebro, es decir la demostración biológica y molecular de que un niño que vive en un entorno estable y afectuoso aprende mejor.

El marco conceptual HOPE (Healthy Outcomes from Positive Experiences), reconoce 4 pilares que son: relaciones nutritivas y de apoyo, entornos seguros, estables y equitativos, oportunidades de compromiso social y conectividad y finalmente desarrollo de competencias sociales y emocionales. Posteriormente un grupo de investigación de la universidad de Denver, desarrolló un cuestionario inicial de 10 preguntas que facilita el desarrollo de las investigaciones

De esta manera se esquematizó este cuestionario: ¿Tuviste al menos un cuidador con el que te sintieras seguro?, ¿Tenías al menos un buen amigo?, ¿Tenías creencias que te brindaran consuelo?, ¿Te gustaba la escuela?, ¿Tuviste al menos un profesor que se preocupara por ti?, ¿Tenías buenos vecinos?, ¿Había algún adulto (que no fuera tu padre, cuidador o la persona mencionada anteriormente) que pudiera brindarte apoyo o consejo?, ¿Tuviste oportunidades de pasarla bien?, ¿Te agradabas a ti mismo o te sentías cómodo contigo mismo? Y ¿Tenías una rutina predecible en casa, como horarios regulares para comer e ir a dormir?

Una vez respondido este cuestionario por adultos al reconocer su infancia se encuentran unas asociaciones sorprendentes y positivas.

Estudios clínicos que incluyen poblaciones de diferentes culturas, estados socioeconómicos, idiomas y países, comparten los mismos hallazgos.

A nivel social se ha sugerido que las personas que tuvieron experiencias positivas como las anotadas anteriormente tenían menos posibilidades de tener comportamientos sociales motivados por odio (“hate-motivated behaviour”) que son todo un grupo de acciones hostiles, discriminatorias o violentas hacia personas o grupos determinadas por su pertenencia.

Igualmente, el haber vivido experiencias positivas en la infancia se relaciona con aparición y persistencia de conductas prosociales, incluidas ayudar a las personas en condición de discapacidad, cooperar, compartir y actuar de manera altruista. Encontrar el bienestar en ayudar a otros, no en logros individuales.

A nivel individual se han medido diferentes variables de salud mental en la vida adulta. Las personas que han tenido experiencias positivas en la infancia tienen: mejor autopercepción, menos riesgo de ansiedad y depresión, menos riesgo de conductas autolesivas y trastornos de alimentación.

Evidencia reciente muestra la relación entre experiencias positivas en la infancia y rasgos de personalidad conocidos como la "tríada oscura" (narcisismo, maquiavelismo y psicopatía). Los hallazgos no son tan contundentes: un estudio que usó la escala de experiencias positivas en la infancia encontró que estas se asociaron positivamente con narcisismo, y que su papel protector fue disminuir la relación entre experiencias adversas y psicopatía. Esto sugiere que el efecto protector sobre la personalidad adulta es selectivo y depende del rasgo específico.

Otras consecuencias de la exposición a experiencias positivas en la infancia es el desarrollo en la vida adulta de habilidades de afrontamiento (“coping skills”), que permiten identificar una fuente de estrés o malestar y tener los mecanismos mentales para hacer frente a la situación adversa. Capacidades para enfrentar y resolver la adversidad.

Las investigaciones encuentran que este efecto opera principalmente a través de una mejor regulación emocional: dichas experiencias positivas se asocian con mayor capacidad para reconocer y ajustar las propias respuestas frente al estrés, posiblemente porque las emociones positivas vividas tempranamente amplían los recursos cognitivos y fortalecen con el tiempo los circuitos de autorregulación emocional.

Finalmente, cuando reflexionamos sobre el cuestionario de experiencias positivas en la infancia encontramos que muchas de estas vivencias pueden ocurrir en el colegio. En la comunidad escolar hay un gran número de oportunidades para que cada niño y niña sepan que son importantes, son valorados, que su voz se escucha. En las horas de descanso todos los estudiantes tienen la posibilidad de simplemente pasarla bien.

En las prácticas deportivas los estudiantes tienen un adulto a su cargo capaz de velar por su seguridad física y actuar en caso de una adversidad. En cada asamblea escolar los estudiantes viven el sentido de comunidad se sienten y hacen parte de algo, cultivan su sentido de pertenencia. En los espacios escolares seguros debe estar disponible un consejero con capacidad de escucha activa que dirija los momentos de desbordes emocionales.

Los adultos tenemos el compromiso y la responsabilidad de actuar de manera previsible, responsable y amable con cada uno de los niños, niñas y adolescentes de la comunidad educativa.

Lecturas sugeridas para profundizar el tema disponible en:

https://positiveexperience.org

https://www.iadb.org/es/blog/desarrollo-infantil-temprano

Screening Children for Adverse and Positive Childhood Experiences in Primary Care Pediatric Clinics, 2025; 72, 539-552

José Manuel Cañón Zambrano
Papá grado 6°
Médico pediatra neurólogo, pediatra · Docente de posgrado
The Columbus School - Revista Nuestra ASOPAF / Edición 30