¿Quién les dio permiso?
Nadie. Y qué bueno, porque ni lo están pidiendo. Rebeldes para uno, valientes para otros, los jóvenes no están esperando una invitación formal para transformar el mundo: ya lo están haciendo. Desde aulas hasta redes sociales, desde barrios hasta movimientos globales, los vemos liderando, cuestionando, proponiendo. Lo que para muchos parece “falta de experiencia”, en ellos es, en realidad, libertad para imaginar lo que aún no existe. Y actuar sin pedir permiso.
El empoderamiento juvenil no es capricho ni una concesión condescendiente. Es un reconocimiento urgente de que los agentes de cambio ya están entre nosotros. Jóvenes que no esperan tener más años para tener más voz, porque han entendido que su edad no limita su impacto. No necesitan trajes ni títulos para señalar injusticias, para organizar comunidades, para diseñar soluciones. Lo que necesitan son oportunidades reales, y adultos que sepan despojarse de sus creencias limitantes y paradigmas, al igual de saber cuándo guiar y cuándo apartarse del camino.
¿Pero qué significa empoderarlos de verdad? No basta con escucharlos en conversatorios ni sumarlos a comités decorativos. Se trata de confiar en su criterio, permitirles cometer errores, brindarles recursos y responsabilidades concretas. Dejar de tratarlos como “futuros líderes” y asumirlos como líderes presentes. No convertirlos en ejecutores de ideas ajenas, sino en constructores de sus propias visiones.
Claro, no todos están listos. Pero ¿cuántos adultos lo están realmente? El cambio no exige perfección, exige convicción. Y eso, precisamente, es lo que muchos jóvenes traen de serie: una mezcla poderosa de inconformismo, empatía y acción. La capacidad de señalar lo que no funciona, imaginar algo mejor y, lo más difícil, atreverse a intentarlo.
Solo una nueva generación podrá romper las estructuras tradicionales que se tambalean pero que aún no cambian. Las instituciones, los sistemas educativos y los modelos económicos… que ya cumplieron su ciclo y que hoy en día quieren resolver las necesidades presentes aferradas a las soluciones pasadas y prusianas. Ahí es donde los jóvenes pueden ser clave: con su pensamiento crítico, su dominio de la tecnología, su sensibilidad social y su profunda urgencia por un mundo y una sociedad más justa y sostenible.
La pregunta no es si ellos están listos para cambiar el mundo. La pregunta es si nosotros estamos listos para dejarlos hacerlo.
Porque empoderar no es regalar poder. Es reconocer que ya lo tienen, y que el verdadero reto es no obstaculizar. Es asumir que su liderazgo no se parecerá al nuestro, y que eso está bien. Mejor aún, es necesario.
Así que, ¿Quién les dio permiso? Nadie. Y ojalá nunca lo necesiten.
Hugo Jaimezurek
Papá grado 5°
The Columbus School - Revista Nuestra ASOPAF / Edición 27
Categorías
- Docentes (2)
- Estudiantes (11)
- Padres (30)
- Seniors (5)
- Uncategorized (1)