Criar hijos nunca fue un trabajo para dos personas
Durante la mayor parte de la historia humana, la crianza no fue una tarea exclusiva de dos padres —y mucho menos de una sola persona—.
Los niños crecían rodeados de una red: abuelos, hermanos mayores, tíos, primos, amigos y otros miembros de la comunidad. A esta forma de organización se le suele llamar crianza cooperativa (cooperative breeding o alloparenting).
Por eso, el modelo relativamente moderno de dos adultos aislados intentando trabajar, criar, cocinar, educar, cuidar la casa y además mantener una relación de pareja puede resultar extraordinariamente demandante.
No necesariamente porque los padres estén haciendo algo mal, sino porque están intentando cubrir entre dos funciones que históricamente estuvieron distribuidas entre muchas personas.
La frase “It takes a village to raise a child” —se necesita una aldea para criar a un niño— resume muy bien esta realidad.
Y de ahí sale una conclusión importante: pedir ayuda no significa delegar la crianza.
Los abuelos, la familia, una niñera, el colegio, los amigos o incluso los vecinos pueden formar parte de esa red sin sustituir en absoluto el papel de los padres. De hecho, puede ser una forma mucho más cercana a cómo los seres humanos hemos criado a nuestros hijos durante miles de años.
Nosotros lo vivimos de manera muy concreta.
Durante varios años vivimos en México con nuestras hijas. Fue una etapa importante para nuestra familia y un país al que le tenemos muchísimo cariño, pero no contábamos con una red de apoyo fuerte.
Nuestra vida terminó concentrándose principalmente en dos cosas: trabajar y cuidar a nuestras hijas.
Cuando no estábamos trabajando, estábamos cuidándolas. Y cuando no estábamos haciendo ninguna de las dos cosas, normalmente estábamos resolviendo alguna necesidad de la casa o de la familia.
Con el tiempo, ese ritmo se volvió difícil y muy demandante.
Esa fue una de las razones más importantes para regresar a Colombia.
Aquí tenemos abuelos, familia, amigos de muchos años y personas cercanas con las que existe confianza, historia y afecto.
Y la diferencia se nota muchísimo.
No porque tengamos menos responsabilidades como padres, sino porque ya no sentimos que absolutamente todo depende únicamente de nosotros dos.
También nuestras hijas ganan algo enorme: crecer rodeadas de más personas que las quieren, las acompañan y forman parte de su vida.
Después de vivir ambas experiencias, para nosotros quedó claro que la red de apoyo no es un lujo alrededor de una familia. Es parte de la familia.
Nada reemplaza a los padres. Pero los padres tampoco están hechos para hacerlo todo solos.
Y después de volver a Colombia, eso se siente todos los días.
Estamos felices de estar de vuelta.
Santiago García Zuluaga
Papá K4
The Columbus School - Revista Nuestra ASOPAF / Edición 30
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