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Redes de apoyo: el poder de la comunidad

El 10 de agosto la tierra tembló, y en segundos la vida de miles de familias colombianas cambió para siempre. El epicentro estuvo en el Chocó, pero el dolor no conoció fronteras: Pereira amaneció con edificios colapsados, Caldas y Quindío sintieron el golpe en el corazón de la zona cafetera, y Cali y tantos otros territorios se despertaron contando a sus muertos, sus heridos, sus desaparecidos.

Y de esa misma tierra que tembló brotó algo que ningún sismógrafo puede medir: la certeza de que nadie estaba solo. Caravanas rodando hacia el occidente cargadas de agua y medicinas. Filas interminables para donar sangre. Colegios, iglesias y barrios convertidos en centros de acopio, atendidos por manos que hasta ese día eran de completos desconocidos. Colombia, un país que tantas veces se piensa dividido, se abrazó cuando más falta hacía. No importó el color político ni la ciudad de origen: importó que del otro lado había alguien a quien tenderle la mano.

Ahí está la grandeza que vale la pena celebrar: la de un pueblo que, herido, decidió sostenerse a sí mismo. Ayudarnos no nos hace más pequeños, nos hace más grandes. Unidos somos más fuertes y, sobre todo, más resilientes.

Pero esa fuerza no nace solo en las tragedias. Se entrena, todos los días, en las redes más pequeñas y cercanas: en la familia que se turna para cuidar a los abuelos, entre amigos que aparecen sin que nadie lo pida, entre compañeros de trabajo que cubren un turno o simplemente escuchan sin juzgar. Redes silenciosas que de verdad nos sostienen cuando la vida, sin previo aviso, nos sacude.

Y hay una red que merece especial atención: la que se teje entre compañeros de estudio. En el aula, en el patio, en los chats de curso, se forma el mismo músculo que después mueve a un país entero. El compañero que explica pacientemente lo que otro no entendió en clase. El que presta sus apuntes sin esperar nada a cambio. El que se sienta junto al niño nuevo para que su primer día no se sienta tan solo. El que frena el matoneo en lugar de mirar hacia otro lado. Cada gesto, pequeño en apariencia, es el mismo que Colombia hizo en grande tras el terremoto.

Y en esto, el TCS no es la excepción. Como toda comunidad, tiene la oportunidad, y la responsabilidad, de construir esa red entre sus estudiantes: de enseñarles que pedir ayuda no es debilidad, que ofrecerla no es opcional, y que un salón donde los compañeros se cuidan entre sí es el primer ensayo de un país que, cuando de verdad importa, sabe unirse.

Que lo vivido este agosto no se quede solo en el recuerdo de la tragedia. Que se convierta en costumbre, desde el hogar hasta el salón de clase: la costumbre de mirar al otro, preguntarle cómo está, y tenderle la mano antes de que tenga que pedirla.

Rodrigo Vicente Martínez Hernández
Padre de Salvador Vicente Martínez Urrea, K5
The Columbus School - Revista Nuestra ASOPAF / Edición 30