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La red que nos sostiene

Hace unas semanas, un artículo en The New York Times* planteó una verdad que solemos olvidar en una sociedad atrapada en la ilusión del individuo autosuficiente: nadie triunfa solo. Las personas que logran un verdadero impacto habitan una red de apoyo que las sostiene. Desde la ciencia y la evolución se nos recuerda que nuestra especie no sobrevive por la fuerza individual, sino por nuestra capacidad biológica de interdependencia: la certeza profunda de que el bienestar del «yo» depende de «nosotros».

Días atrás, tras el violento terremoto que sacudió a nuestro país, fuimos testigos de esa naturaleza humana. Como bien reflexionaba el columnista Juan Manuel del Corral tras la tragedia*, en medio del dolor brotó el alma solidaria del país donde nadie preguntó por ideologías ni condiciones para tender la mano. En cuestión de horas, los centros de acopio se desbordaron. Comprendimos que el reto no es solo recuperar lo perdido, sino construir lo que nunca hemos tenido, transformando la empatía de un momento en una corresponsabilidad activa y duradera.

En medio de esa coyuntura, vivimos como familia una hermosa lección de ese mismo esfuerzo compartido. Unos días después del sismo fue mi matrimonio y hoy miro atrás con inmensa gratitud al reconocer la red de colaboración que se gestó a nuestro alrededor: cada proveedor, organizador, familiar y amigo mostró un compromiso libre para estar presentes y apoyar. Casarse rodeados de la gente que amamos fue la prueba viva de que la contribución mutua puede alimentar el florecimiento y tejer esperanza, aún en momentos alborotados.

Ese «poder de la comunidad» del que habla la pauta de nuestra revista no es una frase bonita; es el tejido real que nos cuida. La gran pregunta para nosotros como padres y educadores es: ¿cómo antojar a nuestros hijos a adoptar la ética de la contribución mutua como miembros del equipo social?

Nuestros hijos tienen que ganar la confianza del grupo por sus contribuciones. Sin embargo, en la juventud prolongada de nuestro sistema educativo, ellos siguen siendo aprendices hasta bien entrados en sus veintes. En un entorno así, darles la oportunidad de tomar riesgos, fallar y recuperarse juntos —en sus clases, en la cancha, en la ciudad— es el verdadero camino de madurar. Así el colegio se vuelve el escenario donde, con tanto en juego, los niños aprenden a tejer sus propios hilos comunitarios. Porque se necesitan. Y se aman.

Como nosotros los colombianos, sacudidos por el terremoto. Y como mi comunidad personal, transformada por la celebración del matrimonio.

https://www.nytimes.com/2026/08/28/opinion/successful-people-help.html

https://www.elcolombiano.com/cronologia/noticias/meta/juan-manuel-del-corral

María Adelaida Naranjo
Mamá 9°
The Columbus School - Revista Nuestra ASOPAF / Edición 30